El viejo mundo
A pesar de sus peculiaridades, la animación japonesa siempre ha sido un terreno fértil para la formación de nuevos talentos. Algunos de estos genios que catapultaron su carrera desde mediados de los 2000 fueron Makoto Shinkai y Mamoru Hosoda. Otros no tuvieron tanta suerte, sin poder obtener un éxito comercial y de crítica tan arrollador. Uno de estos autores, situados en un segundo plano, es Yasuhiro Yoshiura, cuyos trabajos iniciales consistieron en cortometrajes: Noisy Birth (2000), Kikumana (2001), Mizu no Kotoba (2003), etc. Más adelante, fue ganando mayor relevancia entre el público, así como distintos premios, destacando su miniserie ―y posteriormente largometraje― Eve no Jikan (2008). A partir de ahí, su filmografía fue desarrollándose más lentamente, con largometrajes que no estuvieron a la misma altura que su obra culmen como Sakasama no Patema (2013) y Ai no Utagoe wo Kikasete (2021). No obstante, mi intención no es hablar de ninguno de ellos sino de su primer cortometraje multipremiado (Sapporo International Short Film Festival and Market y Nipponbashi International Film Festival): Pale Cocoon (2005).
Pale Cocoon es un cortometraje de veinte minutos que nos traslada a un futuro postapocalíptico donde la humanidad se ha visto obligada a refugiarse en la capa más profunda de la Luna. La emigración, sucedida hace siglos, tuvo lugar por la acción de un desastre ecológico no especificado, convirtiendo la Tierra en un lugar inhabitable. En la actualidad, los seres humanos viven enclaustrados bajo tierra mientras dependen de sistemas de supervivencia medioambientales para continuar viviendo. Esta situación se ha alargado durante siglos, con los “selenitas” desconociendo la mayor parte de la historia humana en la Tierra. Los vestigios de su pasado se hallan contenidos en archivos informáticos, los cuales son extraídos, restaurados y analizados por una serie de profesionales semejantes a arqueólogos digitales. Por desgracia, el interés de los selenitas fue decayendo con el tiempo y los departamentos encargados de este trabajo perdieron a la mayor parte de su personal. Una de las últimas personas en mantener la pasión es Ura, un empleado del Departamento de Restauración que aún desea conocer el pasado. Sin embargo, una revelación parece esperarle tras encontrar un archivo de vídeo dañado.
Una de las singularidades del cortometraje es el universo trazado por Yoshiura, cuyo trasfondo nos resulta muy desconocido al mostrar menos de lo que se deja a la imaginación del público. Estamos ante un mundo subterráneo, de carácter funcional e impersonal, compuesto por instalaciones y oficinas cuyo fin responde a la supervivencia de la colonia. Sus habitantes se mueven a través de ascensores y cintas transportadoras que les permiten llegar a pequeños habitáculos que solo disponen de un asiento y un ordenador para hacer su trabajo. Esta realidad fría y gris, iluminada únicamente por luz artificial, se completa con la caída de una lluvia de partículas blancas, similares a copos de nieve. El escenario y la ambientación están bien logrados gracias al trabajo de animación de Yoshiura, que mezcla animación tradicional y animación por ordenador para la realización de esos fondos metálicos. Menos me convencen los diseños de personaje, limitados en su expresividad; y los movimientos de cámara, que tienden a cierta brusquedad y temblor cuando adoptan un punto de vista subjetivo.
La cuestión nuclear sobre la cual reflexiona Yoshiura en esta película yace en la actitud del ser humano ante su aproximación al pasado. En particular, el director expone dicha cuestión a partir del conflicto que surge en los selenitas a medida que van descifrando parte de los archivos informáticos legados por sus ancestros de la Tierra. El filme plantea inicialmente este interrogante desde una visión positiva, con un motivado Ura restaurando e identificando el contenido de los archivos que le envía el Departamento de Excavación. Aquí vemos que su pasión va más allá de sus obligaciones laborales, guardando en su ordenador copias de los archivos que llaman su atención, especialmente los que muestran la flora y fauna terrestre. De acuerdo con sus propias palabras, su pretensión es comprender el pasado. No obstante, el entusiasmo de Ura contrasta seriamente con Riko, amiga y empleada del Departamento de Análisis que ha perdido cualquier interés por su trabajo desde hace un largo tiempo. Ni siquiera se molesta en ir a trabajar y fichar, prefiriendo tumbarse todo el día mirando a la oscuridad infinita. Al igual que el resto de su entorno, la culpabilidad y la desilusión de saber que nunca podrá conocer la realidad contenida en los archivos por culpa de la irresponsabilidad humana le hizo renunciar a la investigación.
Ambas posturas son contrapuestas: la aceptación y el rechazo del pasado. Sin embargo, ambas comunican un evidente escapismo. Ura se obsesiona cada vez más con su trabajo, ignorando la ausencia de su amiga y compañeros. Su actitud, sin embargo, delata que sus motivos oscilan entre la necesidad de escapar de la pésima situación en que se encuentre la humanidad y la vacua esperanza de que aún existe, por lo menos, una parte del pasado terrestre. Por el contrario, Riko ―y el compañero de Excavación― prefiere negar o ignorar lo pretérito, prefiriendo vivir el presente. Un presente que, no obstante, Riko vive con resignación al tumbarse a recordar, una y otra vez, la muerte de su querida abuela. Finalmente, el empeño de Ura por restaurar un misterioso vídeo, el cual contiene una canción titulada Hito no Hibiki, interpretada por Yoko Yamaguchi y patrocinada por la Agencia de Asuntos Culturales, le hacen salir de su zona de confort y ir a descubrir lo que hay en los niveles superiores. Sin embargo, y a diferencia de la cantante no contempla una tierra oxidada sino azul. Es decir, la Tierra nuevamente está viva.
Aquí se podría afirmar que el mensaje del cortometraje más que hablar específicamente de ambientalismo o nostalgia por el pasado nos habla de esperanza. Esperanza frente a la actitud escapista y pesimista de la que hacen gala los seres humanos de la colonia, los cuales aún tienen la puerta abierta a un futuro en el que poder vivir en la Tierra y contemplar lo que mostraban aquellas imágenes. Sin embargo, Yoshiura también parece referirse a nosotros, los seres humanos de la actualidad, diciéndonos que aún estamos a tiempo de impedir la pérdida de nuestro planeta y, por tanto, no debemos derrumbarnos aunque el futuro parezca de un color muy negro. Personalmente, este mensaje esperanzador y de confianza en la humanidad me resulta muy optimista considerando que el rumbo humano sigue dirigiéndose al desastre medioambiental pero que nos queda sino confiar, ¿verdad?
No obstante, Pale Cocoon no es perfecta porque la impresión general es que estamos ante una obra que demandaba ser contada en un largometraje. Su ambición se percibe en el worldbuilding, que tiene lagunas en la presentación del mundo subterráneo de los selenitas; y los personajes, cuyo trasfondo es mínimo y la relación entre Ura y Riko solo abordada en sus pautas fundamentales. Otro defecto que se percibe es que el autor tiende mucho a la exposición, con un abuso de monólogos del protagonista al referirse a la colonia o hablar de sus pensamientos y sin dejar que el subtexto detrás de los diálogos hable más por sí mismo. Y, de remate, está la insistencia de forzar en la narración mayor énfasis emocional en su tramo final, con un Ura que actúa de forma desesperada al subir en el ascensor.
Calificación: 7



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